Me siento orgullosa de ser mujer en los tiempos que vivimos y estoy plenamente convencida de que el escenario ha cambiado para nosotras. Afortunadamente las mujeres hemos dado un paso adelante en muchos sentidos, mientras que en otros todavía  nos está costando dar un paso hacia atrás  y permitir la participación del hombre por pleno derecho y, en el fondo, para que sea posible un nuevo equilibrio.

Así, existen determinantes conductas que responden a ese rol de género arcaico que tanto nos está costando cambiar. Conductas y pensamientos que atesoramos nosotras y que son a nosotras a las primeras que les hacen daño. Por extensión, por supuesto, también se lo pueden causar a nuestra pareja o a las personas que nos rodean.

En este sentido los géneros han cambiado. Los hombres siguen siendo hombres, y las mujeres siguen siendo mujeres, lo que ha cambiado o se ha ampliado mas bien han sido los roles. Esto ha roto el equilibrio y la jerarquía que mantenían los antiguos. Así, lo que necesitamos es encontrar un nuevo equilibrio sin volver al antiguo rol de mujer sumisa o de hombre proveedor. Y en esta búsqueda nos encontramos: Sabemos dónde no queremos estar, pero no tenemos tan claro donde nos gustaría estar.

En mi casa yo mando


Los hombres que se adhieren a las tareas del hogar muchas veces se sienten frustrados: Las mujeres que se han encargado siempre de sus casas, a pesar de ceder algunas tareas, no han cedido el control. Desde primera línea o desde la sombra, mandan a los hombres a hacer tareas, las supervisan y se frustran cuando ellos no las hacen igual que ellas. Así, terminan diciendo una frase muy conocida: “Deja, mejo lo hago yo”.

Han incluido el rol masculino en sus hogares, pero bajo una mentalidad femenina, sin tener en cuenta que el hombre piensa y actúa diferente. No se pueden ceder las tareas para luego rehacerlas, lo importante es que se compartan las labores, que las tareas estén hechas, bien hechas, aún que cada uno tenga su manera personal de hacerlas.

No hay caballero que valga


Las mujeres modernas tenemos la falsa idea de que los caballeros reales no existen, que son machistas encubiertos que minusvaloran el rol de la mujer, sea cual sea el lugar donde lo jueguen. Así, la concebirían como el sexo débil y cuando hacen un gesto caballeroso, lejos de ser una señal de afecto, menospreciaría lo que las mujeres pueden hacer por sí mismas.

La caballerosidad no ha muerto y ojalá que no muera nunca, que nunca muera un hombre que ofrezca ayudar con las bolsas pesadas a su pareja o la corteje aún cuando lleven muchos años juntos. Un hombre que ceda su chaqueta a una mujer que está tiritando de frío. Sin que esto no signifique que la mujer pueda abrir puertas por si misma, pasar después o llevar su propia chaqueta. Sin que esto signifique tampoco que la mujer no pueda abrirle las puestas al hombre o prestarle su chaqueta.

No es lo mismo un hombre atento, un caballero amable que un machista pasivo. Los machistas creen que cuidar de la casa, cuidar y educar a los hijos es cosa de mujeres. Los caballeros entienden que tienen que asumir nuevos roles y que hay diferencias entre hombres y mujeres, pero que un hombre no es menos hombre porque lave los platos o cambie un pañal. Las conductas pueden ser similares en algunos casos, pero el fondo es muy distinto.

No se lo digo prefiero que me lea la mente


No importa la época en que vivamos, la comunicación en las relaciones siempre es fundamental. Las diferencias entre los hombres y las mujeres siempre existirán y tanto unos como otros intentaremos saber cómo y qué piensa el otro. Además, en el cumplimiento de éste interés nos equivocamos muchas veces porque no tenemos una bola de cristal que funcione con un mínimo de fiabilidad, más allá de nuestra intuición.

Es fundamental hablar de nuestras necesidades y de nuestros problemas, siempre en positivo y a ser posible en privado. Muchas veces tendemos a comentar nuestra vida privada con amigos o familiares, lo hacemos de un modo relajado, pero con un tinte que avergüenza o enfada a nuestra pareja, como si no nos atreviéramos a decirlo en persona. Hablar con nuestra pareja no tiene por qué terminar en una discusión. De hecho, si es de forma constructiva puede fortalecer la relación.

Así, es bueno hablar de aquello que nos gusta, pero también de aquello que no. Aunque tengamos la sensación de que introducirnos en este campo pueda quebrar la paz que parece respirarse en ese momento entre los dos. Puedes hacerlo señalando directamente lo que no te gusta o aludiendo directamente a lo que te gustaría que hiciera en vez de lo que ya hace (No me gusta que me grites, me encanta que me hables en tono bajo).

No podemos pretender que el otro nos lea la mente o que por nuestra actitud adivine nuestros gustos. Aunque pueda intuir ciertos mensajes, como los intuyes tú, lo mejor es dejarlo claro.

Soy mamá gallina


Las mujeres modernas que trabajan hacen un esfuerzo muy grande por atender sus obligaciones laborales y familiares. Pude que cuenten con los hombres para ayudar en ciertas tareas del hogar, pero lo cierto es que el peso lo siguen llevando ellas. Esto puede estar presente desde el nacimiento, ellas son las que alimentan, cambian pañales, bañan, etc, aunque muchos padres estén dispuestos a echar una mano.

Así, muchos hombres se resisten a dejar su antiguo rol, pero al mismo tiempo también hay muchas mujeres que se resisten a que lo dejen. A que los padres pasan de ayudar a echar la mano a hacerse co-responsables de sus hijos.

Para concluir quisiera decir que somos las mujeres las que tenemos que ampliar nuestra visión de roles en este mundo e involucrar  los hombres en tareas que quizá en la antigüedad estaban reservadas solo para nosotras. Necesitamos encontrar un nuevo equilibrio entre la feminidad, la maternidad, la mujer trabajadora y la relación de pareja.

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